Che, Luisa: un beso

Para Luisa, la protagonista.

Hoy en el metro conocí a una señora. Me habló ella primero con un ademán de manos haciendo de rezo agradecido y diciendo con cierta emoción sincera: “¡Alguien que lee!” al ver que yo, que había hallado fortuitamente un asiento a su lado, sacaba un libro mientras emprendía el segundo tramo de camino a casa. Le sonreí, cerré el libro y tras varias de sus disculpas no aceptadas por haberme impedido reanudar con la historia, emprendimos una conversación agradable, de esas que parece ya no se pueden tener con extraños, pero que, como yo le saco conversación hasta a un poste de electricidad y esta señora parecía de las mías, todavía las tengo de vez en cuando.

Luisa es argentina y lleva treinta años en España. Poco más supe de ella. Hablamos primero sobre literatura y le mostré que, curiosamente, me estaba leyendo un libro escrito por un argentino apellido Maurette. Leímos juntas la biografía del autor dispuesta en la solapa delantera del libro. Y con una sonrisa tranquila y en su tono exaltado de hablar dijo “Nació en el ´79, el año en que me casé.” Me contó que en Argentina había cursado dos carreras y luego se vino a Europa con aquella ilusión curiosa y esperanzadora que solemos tener los migrantes latinoamericanos al cruzar el océano. Me dijo, con ese shisheo de las i griegas y dobles eles que hacen los argentinos y uruguayos, estaba impresionada con que ahora “la gente currante de acá la mayoría son latinos”. Se vino con el que era, en aquel entonces, su marido. Se separaron después, como me lo contaría en el café que nos tomamos al bajarnos del tren. 

Me preguntó por mi carrera y le conté, escuetamente y con ligereza, pues me interesaba mucho más su historia que la mía, que había estudiado Medicina en mi país, que me lancé a venir a España y, por fortuna, estaba especializándome en Psiquiatría Infanto-Juvenil. Me contó sobre un conocido suyo argentino que se había dedicado a lo mismo hace ya muchos años. Me preguntó sobre lo que veía y, haciendo referencia a su crítica anterior a la tecnología que fue lo que abrió la conversación inicial, dije que a mi manera de ver, entre el mal uso de la tecnología y muchos problemas en la crianza y las familias, los niños estaban sufriendo mucho. Me miró sin decirme nada, como si estuviese de acuerdo, y detrás de sus gafas noventeras me aquieté un momento a admirar unos bellos ojos color miel con destellos verdes, encontrándome sumida en admiración ante la agilidad mental y vitalidad evidentes en su mirada que, tal vez, en muchas personas de esa edad ya estarían perdidas.

Me pasa con frecuencia que, como todavía atiendo a pacientes adultos, me inquieto cuando identifico en los ojos de alguien más la sensación catastrófica de que todo está perdido. La desesperanza del mundo actual, que parece esparcida a niveles galácticos, me parece inquietante, pero hoy recordé, con pretérita gracia, esa sensación cálida que suelo tener cuando hablo con mis abuelos, con mis papás y con las personas que, en general, llevan vivas mucho más tiempo que yo. Hablar con este tipo de personas que, a todas luces, se mantienen tan llenas de vida, hace que por un instante todos los problemas del mundo se me olviden y recuerdo, gratamente, que a pesar de la certidumbre de la muerte y de todas las inmundicias que parecen perennes en nuestra sociedad, todavía, más allá de los afanes estúpidos de la juventud, hay más vida.

Le pregunté en algún punto de nuestro viaje en qué parada se bajaba y me dijo el nombre de la parada anterior a la mía. Me ofrecí a caminar con ella hasta el banco y seguir la conversación, ya que estaba siendo tan agradable y ella aceptó con alegría y me dijo que antes me invitaba a un café. Acepté con la misma emoción. Salimos de la estación y entramos al primer café que encontramos. Fue algo rápido, pues parecía que tenía un poco de prisa, y ahí me dijo que se había separado de su marido sin precisar hace cuánto y me sorprendió que cuando hablaba portaba una sonrisa sincera de alguien cuyos trastes ya estaban, si no superados, al menos bien llevados. Hablamos un poco más de nuestros gustos y le dije que yo siempre, aparte de ser psiquiatra, he querido ser escritora, pero que, claro, el camino del escritor hoy en día es diferente tal vez al de hace unos años. Ella respondió que hace poco había visto a un escritor que había sido alabado por, nada más y nada menos, Mario Vargas Llosa, teniendo problemas económicos. “No es fácil el camino del escritor, especialmente ahora cuando hay tanta competencia por la atención de la gente.” Asentí con una sonrisa y me di cuenta de que ya se iba a acabar nuestro café.
 
Pero nos quedaba todavía la caminata hasta el banco.
 
En el tramo final me dijo que estaba en Madrid porque, a pesar de vivir en otra ciudad, tenía que hacer una vuelta de banco y luego iría a la sierra oeste a una cita médica. Hablamos de algunas otras cosas más en el camino de las que no me acuerdo, pero en algún punto habré dicho algo que seguro habré sacado de alguien más y ella me dijo que le pareció muy sabia mi opinión. Muy sabia, dijo… alguien que probablemente me dobla la edad. Mis amigos se reirán leyendo esto, si es que lo leen, porque tal vez el mejor cumplido que me puede hacer una señora de la tercera edad es reconocerme, en alma, como una señora más. 

Llegamos al banco y nos dimos un abrazo. Sabiendo que era probablemente la última vez que nos cruzaríamos, pues me negó quedarse en contacto conmigo: “Yo no quiero comprometerme a algo que seguro nunca haré...”. Y yo me reí, dejándola en libertad de tener que verse conmigo nuevamente y con mi curiosidad preguntona e inquisidora de psiquiatra o, también, de escritora. Reparé en su cara una última vez y le dije que me parecía hermosa (pues lo era) y que sus ojos eran muy bellos (que lo son). Ella, sorprendida absolutamente, me lo agradeció y me dijo: “Mirá que tengo dos amigas ciegas, una de nacimiento… Terrible eso, pero yo agradezco que puedo ver. Imaginate vivir sin poder ver!” Me entró un miedo rápido de perfer la vista. Me deseó lo mejor y yo a ella y, mientras nuestros caminos se bifurcaban casi definitivamente, nos tiramos un beso.

Acabo de llegar a mi casa, muy feliz y bueno,  cierro esto con el principio, en mi tono jocoso barranquillero de siempre, pero con el corazón agradecido: Che, Luisa: un beso.

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